La puerta mágica

La puerta Santa de la catedral de Santiago se abre sólo en años jubilares, esto es, aquellos en los que el día del Apóstol, el 25 de julio, coincide en domingo, como sucede en el 2010
Aunque realmente eso tan extraordinario, un nuevo año santo, aquí es más ordinario de lo que parece. Una guía muestra la puerta Santa a un grupo de turistas y les explica que mientras Roma tiene año jubilar cada 25 años y Jerusalén cada 10, Santiago lo tiene cada año en que la fiesta del patrón es domingo. O sea, Santiago ofrece más, aunque su periodicidad tiene algo como de sorteo. Pero no siempre fue así. En el año 1122, el papa Calixto II concede el jubileo mayor a la basílica de Santiago, y lo confirma más tarde Alejandro III en su bula Regis aeterni. Hasta ahí todo era más sencillo, era año santo cada siete años. Pero al imponerse la reforma del calendario de Gregorio XIII e introducirse los años bisiestos, la periodicidad es más aleatoria, es año jubilar cada vez que la fiesta del Apóstol, el 25 de julio, cae en domingo. Casi es razonable que, ocurriendo en Galicia, un país refractario a Descartes y donde la aritmética es cosa que negociar, la cuenta no sea exacta. O sea, es año santo cuando le cuadra.
La Sibila ya está de vuelta subida en su sitio en el pórtico, ya cantó lo que tenía que cantar a los pecadores, esos que llevan sus pecados en la frente, “escritos nas frontes cuanto fezeron”, con su canto ha cerrado las puertas del tiempo, pero unos días después se abre solemnemente esta puerta Santa. Esta que la excursión de turistas está contemplando desde dentro de la basílica, unas hojas de bronce donde la guía les explica las escenas en relieve de la vida del apóstol, predicación, martirio, arribada a la costa gallega de la barca de sus discípulos con el cuerpo decapitado. Esos bronces en realidad tienen muy pocos años, desde el anterior año santo, pero ya están incorporados a la visita, ya habrá quien pase la mano con devoción por los relieves buscando magia. Esa puerta es un símbolo, o algo más, de lo que una multitud viene a buscar. Tanto la Xunta como el Concello y el Cabildo imaginan para este año nuevamente millones (es de suponer que unos imaginen viajeros y clientes, y otros, almas de creyentes).

La puerta Santa, también llamada del Perdón, vista desde el interior de la catedral. Las hojas de bronce, realizadas en el 2004, contienen relieves con escenas de la vida del apóstol Santiago
La puerta Santa es una estación más del camino jacobeo, pero pocos rituales simbolizan tan claramente un mito religioso: el dejar atrás la vida que se tuvo y, atravesando un umbral mágico, el pasar a otra vida nueva. El perdón de los pecados, dejar atrás el peso de una vida y tener otra oportunidad, la esperanza de renacer. El gran perdón, la absolución de los pecados de una vida, incluso los más graves. ¿Es eso posible? ¿Y es justo? Si se cree en la gracia, entonces sí. Creyendo o no creyendo, ¿cuántos criminales habrán pisado ese umbral buscando el perdón? ¿Cuántos asesinos, ladrones, maltratadores, estafadores, almas cargadas de culpa? ¿Cuántas almas buenas, generosas, devotas? ¿Distingue la puerta el alma del pecador de la del justo? ¿Qué se siente al atravesar el vano de la puerta? ¿Sienten lo mismo unos que otros, el financiero que el parado? Esta puerta cerrada casi siempre es uno de los lugares mágicos de esta catedral.

Las figuras románicas de apóstoles, profetas y patriarcas que enmarcan el muro exterior de la puerta Santa, en la plaza de la Quintana
En la fachada este de la catedral se abre a la plaza de la Quintana; una redundancia, pues la palabra gallega quintana equivale a plaza. La vio de noche García Lorca y escribió “Nai: a lúa está bailando na Quintana dos Mortos” (Madre: la luna está bailando en la Quintana de los Muertos). Sí, una parte de la plaza, la de mortos, fue cementerio de canónigos y frailes. También fue mercado y lugar de fiestas públicas. Sigue siéndolo, y los ruidos profanos y salvajes de los espectáculos nocturnos provocan hoy las quejas de las monjas del convento de San Paio de Antealtares, al otro lado de la plaza, exactamente igual que en 1779, cuando sus protestas hicieron que se dejase de enterrar canónigos allí y se pavimentó ese espacio para dar un marco adecuado a la puerta Santa. En un principio se intercalaron naranjos entre las losas de cantería, hoy cuesta imaginar ese lago de piedra oliendo a azahar. Puede que al apóstol no le gustasen las naranjas y prefiriese el granito severo, al cabo hasta para su barca prefería la piedra.
Esa puerta está rodeada de figuras románicas del taller del maestro Mateo enmarcadas en una fachada barroca presidida por la figura del santo y sus dos discípulos, Teodoro y Atanasio. Hasta no hace muchos años los niños jugaban al balón usando la reja de la puerta Santa como portería, lo atestiguan las lesiones en la piedra de algunos de esos ancianos románicos, pero desde que se extendió la enseñanza pública obligatoria se ha mejorado. Tras la reja está una puerta metálica, pero, como en las vísperas de la ceremonia de apertura cada año santo, han levantado un muro, un ligero muro levantado para ser derribado a golpes de martillo de plata. El primer día del año, a las cuatro y veinte de la tarde, comienza la ceremonia. Sale una procesión de la catedral por la puerta de Platerías y por la Quintana se acerca a la puerta Santa, acompaña la banda de música con el Himno al apóstol. Es entonces cuando el arzobispo invoca “veni Creator Spiritus” y a continuación se dirige a la puerta Santa, la reja está abierta, y con su martillo mágico golpea tres veces el muro, a la tercera se derrumba. El arzobispo se arrodilla, “Aperite portae aeternales”. El latín sigue siendo, como creía Valle, “divinas palabras”. Cuando el arzobispo se retira, dos diáconos lavan con agua bendita los dinteles de la puerta, peregrinos adornan la puerta con flores y velas encendidas y tres obreros limpian el suelo. No carece de importancia la tarea de esos tres albañiles, esos escombros del muro que recogen son codiciados como piedras santas, los asistentes a la ceremonia se disputan un pedazo, si es preciso a codazos.







