Tal como los conocí
Juan Manuel Fangio

Fangio conduce su Mercedes por el circuito urbano de Pedralbes, en Barcelona
Lo conocí en París, a punto de salir de un hotel de la avenida Kléber, próximo al Arco de Triunfo, simbólico monumento que teníamos a la vista, desértico y en plena canícula, que cuadraba muy bien con el personaje: Juan Manuel Fangio, el mejor piloto del mundo. Toda una leyenda americana y, sin embargo, todavía astro en ascenso que aquel mismo año de 1951 habría de iniciar, en Europa, la culminación de su carrera: la conquista del primero de sus cinco títulos de campeón mundial de la fórmula 1.
A su encuentro venía, a tentarle, en calidad de jefe de prensa del gran premio de Penya Rhin de Barcelona y de España, acompañado del fraternal amigo y compañero Ángel Díaz de las Heras. El que fue fundador de AS, en el Madrid de los años treinta, ilustre periodista republicano refugiado en París, era, a la sazón, redactor jefe de deportes para Europa de Associated Press. Veterano cronista trilingüe, gozaba ya de la confianza y la amistad íntima del héroe argentino. Yo no podía haber elegido mejor introductor para una gestión que se presentaba muy peliaguda por aquellos tiempos. Convencer a Fangio de inscribirse en nuestra carrera no era lo difícil, a pesar de que era la última prueba del calendario, en octubre, al cabo de un mes de celebrada la penúltima en Monza. Es decir, cuando el equipo argentino ya había regresado a casa. La pega estaba en la factoría de Alfa Romeo, que tenía declarado el boicot por razones políticas, por encima de la privacidad del club barcelonés, cuya catalanidad tampoco era, por otro lado, muy del gusto de los federativos oficiales. Pero las ganas del campeón de correr en suelo hispano y la eventualidad de necesitar los puntos para calzarse el campeonato le decidieron a negociar su participación cerca de su escudería.
Al cabo de un mes le llegaba la respuesta positiva a Joaquín Molins, presidente de la entidad organizadora, dinámico empresario y entusiasta aficionado y promotor de los deportes del motor, de extraordinaria personalidad, en quien Fangio encontraría uno de sus mejores amigos españoles. Molins y su Penya Rhin le trajeron suerte. Ganó Fangio los primeros laureles de campeón mundial en un soleado y radiante mediodía y en loor de una multitud que desbordaba el circuito urbano de Pedralbes. Un circuito que conoció aquella misma semana, de noche, ya que apenas llegado al volante de su Alfetta, un modelo de turismo diseñado por Ricart, a la puerta del hotel Ritz donde yo mismo le aguardaba, impulsado él por la impaciencia, sin tiempo para desembarcar el equipaje, me hizo subir a su lado para que le hiciera de guía hacia Pedralbes. Habiendo estudiado ya el perfil del circuito, se lanzó por la calzada por una Diagonal pobremente iluminada con ayuda de la luz de los faros y las pocas explicaciones del improvisado y maravillado copiloto.
Dimos tres vueltas a la pista urbana, cada vez más rápido. A la tercera, el campeón ya dominaba la sincronía de gestos, acelerador, frenado o cambios de marcha que exigía el recorrido. Prodigioso. Describí mis impresiones: “Vista de lince, brazos de acero, dominio absoluto, encarnación de una fuerza tranquila, apoyado en unas facultades físicas de veterano conductor profesional, pero con una concentración mental segura, propia de un hombre de bien”. Además, en la vida corriente era así, sin ninguna fatuidad. Todo justificaba la fama de que venía precedido y que le acompañó toda la vida. En 1992, cuatro años antes de su muerte, Fangio asistió a la apertura del Circuit de Catalunya, en Montmeló, donde, entre otros amigos, abrazó a Samaranch y a Sebastià Salvadó, el excampeón de rallies, presidente del RACC, a quien felicitó por esa realización, en aquel momento el mejor circuito del mundo. Allí se encontraban también un hijo y un nieto de Molins, Casimiro y Joaquín. Todos ellos personificaban la entrañable amistad entre Barcelona y el histórico piloto platense.






