16/05/2010
Los nuevos dioses
Texto de Marta Ricart
Fotos de Maite Cruz
El ser humano siempre ha intentado dominar la naturaleza en su favor y cuanto más amplía sus conocimientos y sofistica sus herramientas, más lejos sitúa los límites. La ciencia al servicio de la salud es el mejor ejemplo. Genética, nanoingeniería, bioinformática..., las áreas más heterogéneas se combinan en atrevidas estrategias para desafiar las imperfecciones biológicas.

La tecnificación permite practicar una cirugía menos invasiva. El médico ya puede operar mediante brazos robotizados que introducen el material quirúrgico en el cuerpo del paciente por pequeñas incisiones, y se interviene según lo que se ve en unas pantallas. En esta foto, Antonio de Lacy, cirujano del hospital Clínic de Barcelona, durante una extirpación de un tumor de colon por la vagina de la pacient
A simple vista, se diría que es nada, si no fuera por los líquidos que se usan en los laboratorios. Pero lo que muestra el científico son unas nanopartículas de oro que se activan mediante luz láser y que se espera que un día curen el cáncer de un enfermo. Algo mayores en ese universo ínfimo son las células madre, las que pueden convertirse en cualquiera de los casi 250 tipos de células que forman los tejidos del cuerpo humano. Unas que se han diferenciado en neuronas recuerdan una colorista pintura abstracta gracias a unos marcadores fluorescentes. En estas células se depositan muchas esperanzas de salud de las generaciones futuras. Avances científicos y tecnológicos como estos ensanchan las fronteras de la medicina. Ningún otro ámbito, seguramente, refleja mejor la ambición, el esfuerzo y la imaginación del ser humano para dominar las leyes naturales.
“La ciencia intenta conocer las leyes de la naturaleza para modificarlas. El hombre siempre ha tenido la voluntad de manipularlas para que le sean favorables”, afirma Joan J. Guinovart, director del Instituto de Investigación Biomédica y catedrático de la Universidad de Barcelona. El ser humano busca la existencia perfecta, sentirse bien, sin limitaciones, alargar la vida, ¿evitar la muerte? Hasta hace menos de siglo y medio, recuerda Guinovart, la medicina aún tenía más de magia que de ciencia; ahora, se abren puertas que parecen conducir a otra era. “Es difícil
–añade Guinovart– manipular lo que no se conoce. La biología molecular, la secuenciación del genoma, permiten ir entendiendo esa maquinaria que es el cuerpo humano y sus disfunciones, las enfermedades. En muchos casos, poco más se podía hacer que aliviar los síntomas; el siguiente paso será evitar el daño o repararlo.”
“En cierta manera sí cambiamos las leyes naturales; al diferenciar células madre, por ejemplo, quizás creamos nuevos tipos de células no idénticas a las neuronas, los cardiocitos u otras, aunque hagan su función, pero se generan de forma distinta”, reflexiona Juan Carlos Izpisúa, director del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona (CMRB).
“Las leyes de la naturaleza las llevamos cambiando hace mucho, si no lo hubiéramos hecho habría una mortalidad infantil elevadísima y no viviríamos más de 20 o 30 años de media. No tendríamos ganadería, agricultura ni iPhones. No hay nada malo en cambiar la naturaleza, ni es divina ni sabia ni se preocupa del bienestar humano ni de ningún animal. El espíritu de superación ante los retos es profundamente humano, y aún estamos al comienzo de donde puede llegar la humanidad”, sostiene María Blasco, vicedirectora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) de Madrid.
El descifrado del genoma, el libro de instrucciones biológicas, ha acelerado el conocimiento del ser humano y de otros organismos vivos. Se ha descifrado (o se trabaja en ello) el genoma de virus, bacterias y diversos animales y plantas (perro, vaca, arroz, maíz...), para conocer las claves de la evolución, pero también para mejorar la ganadería y la agricultura (hacer a las especies y razas más resistentes o productivas, buscar cómo atacar las plagas...).
En los humanos, no se ha planteado mejorar genéticamente la especie, sus capacidades. Hay otra tarea inmensa por delante, que ya tendría enormes consecuencias: leer los genes y sus alteraciones permite identificar las disfunciones. Cuando se conozcan esos mecanismos se sabrá evitar la alteración o corregirla –es decir, tratar la enfermedad– modificando el gen alterado, anulando su función, estimulándola... Es la terapia génica, de la que ya se han hecho ensayos en personas, aunque con éxito limitado. Y es que los genes y sus funciones y variaciones son muchos (el genoma humano tiene unos 30.000 genes y 3.000 millones de bases de estos que se combinan), se conoce ya la clave genética de algunas patologías, pero no de la mayoría. Cuando se descifre cada enfermedad, además, habrá que ver la variabilidad en cada individuo y la influencia de factores externos (alimentación, contaminantes...).
“La ciencia intenta conocer las leyes de la naturaleza para modificarlas. El hombre siempre ha tenido la voluntad de manipularlas para que le sean favorables”, afirma Joan J. Guinovart, director del Instituto de Investigación Biomédica y catedrático de la Universidad de Barcelona. El ser humano busca la existencia perfecta, sentirse bien, sin limitaciones, alargar la vida, ¿evitar la muerte? Hasta hace menos de siglo y medio, recuerda Guinovart, la medicina aún tenía más de magia que de ciencia; ahora, se abren puertas que parecen conducir a otra era. “Es difícil
–añade Guinovart– manipular lo que no se conoce. La biología molecular, la secuenciación del genoma, permiten ir entendiendo esa maquinaria que es el cuerpo humano y sus disfunciones, las enfermedades. En muchos casos, poco más se podía hacer que aliviar los síntomas; el siguiente paso será evitar el daño o repararlo.”
“En cierta manera sí cambiamos las leyes naturales; al diferenciar células madre, por ejemplo, quizás creamos nuevos tipos de células no idénticas a las neuronas, los cardiocitos u otras, aunque hagan su función, pero se generan de forma distinta”, reflexiona Juan Carlos Izpisúa, director del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona (CMRB).
“Las leyes de la naturaleza las llevamos cambiando hace mucho, si no lo hubiéramos hecho habría una mortalidad infantil elevadísima y no viviríamos más de 20 o 30 años de media. No tendríamos ganadería, agricultura ni iPhones. No hay nada malo en cambiar la naturaleza, ni es divina ni sabia ni se preocupa del bienestar humano ni de ningún animal. El espíritu de superación ante los retos es profundamente humano, y aún estamos al comienzo de donde puede llegar la humanidad”, sostiene María Blasco, vicedirectora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) de Madrid.
El descifrado del genoma, el libro de instrucciones biológicas, ha acelerado el conocimiento del ser humano y de otros organismos vivos. Se ha descifrado (o se trabaja en ello) el genoma de virus, bacterias y diversos animales y plantas (perro, vaca, arroz, maíz...), para conocer las claves de la evolución, pero también para mejorar la ganadería y la agricultura (hacer a las especies y razas más resistentes o productivas, buscar cómo atacar las plagas...).
En los humanos, no se ha planteado mejorar genéticamente la especie, sus capacidades. Hay otra tarea inmensa por delante, que ya tendría enormes consecuencias: leer los genes y sus alteraciones permite identificar las disfunciones. Cuando se conozcan esos mecanismos se sabrá evitar la alteración o corregirla –es decir, tratar la enfermedad– modificando el gen alterado, anulando su función, estimulándola... Es la terapia génica, de la que ya se han hecho ensayos en personas, aunque con éxito limitado. Y es que los genes y sus funciones y variaciones son muchos (el genoma humano tiene unos 30.000 genes y 3.000 millones de bases de estos que se combinan), se conoce ya la clave genética de algunas patologías, pero no de la mayoría. Cuando se descifre cada enfermedad, además, habrá que ver la variabilidad en cada individuo y la influencia de factores externos (alimentación, contaminantes...).
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