20/12/2009

Rescoldos de Misisipi

Texto de Andy Robinson
Hay dos Filadelfias en Estados Unidos. La de la declaración de Independencia en 1776 y la de los crímenes racistas de 1964, recogidos en películas como Arde Misisipi. En esta segunda ciudad símbolo aún perviven los recuerdos de aquellos días y se sigue reclamando una justicia que no llega.

Un vendedor de camisetas de apoyo a Obama luce una sudadera con la imagen del líder demócrata durante la campaña electoral para la presidencia, en la Universidad de Jackson, en el estado de Misisipi- Emmanuel Dunand / AF

Filadelfia. Cargado de simbología histórica, el tren de Barack Obama se detuvo en la ciudad de Filadelfia del nordeste de Estados Unidos, la ciudad del amor fraternal, cuna de la declaración de Independencia, hogar aún de la agrietada campana de la libertad. Fue una parada obligatoria en el viaje a Washington para la toma de posesión en enero. Obama siguió por las mismas vías que Abraham Lincoln, cuyo tren paró en Filadelfia en enero de 1861 tras ganar las elecciones que provocarían la secesión del sur, la guerra civil y finalmente la abolición de la ­esclavitud.

Pero Obama habría sido más fiel a su propia historia de haberse bajado del tren en la otra Filadelfia, 1.500 kilómetros más al sur, un pueblo de unos 7.000 habitantes –el 55%, blancos; el 40%, negros– en el estado de Misisipi. Porque, como el presidente recordó en el discurso de inauguración, su camino a la Casa Blanca fue allanado 40 años antes con sudor y sangre, bajo balas y palizas, en pueblos como este. Aquí, durante el llamado verano de la libertad, en 1964, tres jovenes activistas de la campaña por los derechos civiles –dos blancos neoyorquinos, Mickey Schwerner y Andy Goodman, y el afroamericano James Chaney, del municipio de Meridian, 50 kilómetros más al sur– fueron asesinados por el Ku Klux Klan, un incidente ya legendario en la lucha por los derechos civiles, recordado en numerosos libros y películas, entre ellas Arde Misisipi, de Alan Parker.

“Hemos probado la amarga mezcla de guerra civil y segregación”, dijo Obama durante su discurso y recordó que en los años sesenta, incluso en la capital del llamado mundo libre, su padre “quizás no hubiera sido atendido en un restaurante”.

En Misisipi las humillaciones fueron una realidad cotidiana sufridas estoicamente bajo la amenaza constante de la violencia racista. Arecia Steele, de 78 años, residente de la calle 632 del barrio afroamericano de Longdale, una larga hilera de pequeños bungalows en las afueras más pobres de Filadelfia, recuerda: “Cuando se acercaba una mujer blanca por la acera, los hombres negros tenían que apartarse”, y se pone de pie para reconstruir con ironía teatral la imagen del hombre dejando pasar a la señorita. Quienes se negaban podían recibir una paliza o algo peor, explica. “Vivíamos todos los días con miedo en el cuerpo”, añade su sobrina Jackie Spencer, que vive con sus hijos dos casas más abajo. A fin de cuentas, añade Arecia, siempre estaban presentes en Misisipi los recuerdos de la fruta extraña, los 4.500 linchamentos que se estima que se cometieron entre 1880 y 1950. “Mi abuelo tenía que bajarlos del árbol, los tumbaba en el carro con la lengua fuera y los ojos desorbitados”, dice Arecia, bisnieta de esclavos: “En aquel entonces no tenías que hacer gran cosa para que te colgaran”.

Hace 45 años –cuando el comité de coordinación estudiantil SNCC (pronunciado snic) puso en marcha la operación Escudo Blanco, en la cual miles de jóvenes blancos bajarían desde las ciudades del norte para ayudar en la campaña de registro de votos–, el escritor afroamericano James Baldwin hizo el siguiente reproche al entonces fiscal general, el irlandés americano Robert Kennedy: “Mi familia lleva tres generaciones más en este país que la tuya. ¿Cómo puede ser que tu hermano esté a la cabeza y nosotros tan lejos?”. Las autoridades electorales en estados como Misisipi, Alabama o Luisiana habían levantado una carrera de obstáculos legales insuperables a la participación democrática de los afroamericanos.

En el museo de registro del voto en el pueblo de Salem, en Alabama –otra parada obligatoria del circuito ya turístico de la lucha por los derechos civiles–, las barreras legales se ven con claridad en un documento judicial colgado al lado de las fotos de la famosa protesta de reivindicación del voto negro, atacada con furia por la guardia estatal cuando cruzaba el puente Edmund Pettus. Se cobraba un impuesto de cinco dólares a quienes querían votar, lo cual excluía de facto a muchos afroamericanos, ya que un trabajador negro en el sur en aquel entonces cobraba entre 40 centavos y dos dólares al día; un blanco, de siete a diez dólares al día. Si esto no bastaba, se exigía que el abuelo del votante figurase en el registro de votantes, lo cual era altamente improbable dada la historia de intimidación en el sur desde el fin del efímero régimen de libertad durante la reconstrucción tras la guerra civil. Si la norma del abuelo no bastaba para frustrar al posible votante, se aplicaba una prueba de alfabetismo diseñada con trucos. “A mí me preguntaron cuántas burbujas tiene una pastilla de jabón”, dice Arecia.

El SNCC –bajo el mando de Robert Moses, filósofo afroamericano de Nueva York– se movilizó a lo ancho del estado en 1963 y 1964, y los activistas fueron sometidos a una violencia sádica. Aquel verano de la libertad de 1964, no sólo murieron los tres en Filadelfia sino también decenas de afroamericanos. Hubo 1.000 detenciones, ocho palizas, 35 iglesias incendiadas, 30 atentados, 35 tiroteos, según datos policiales. Aunque pocos afromericanos se registraron para las primeras elecciones presidenciales tras la muerte de Kennedy, la respuesta salvaje de las autoridades policiales y del Ku Klux Klan, contrastado con la extraordinaria valentía de veinteañeros como Chaney, Goodman y Schwerner, generó el apoyo popular necesario para que Kennedy y luego Johnson se atreviesen a aprobar las leyes de derechos civiles de 1964 y 1965. Tres generaciones después, el voto de Arecia el pasado 4 de noviembre ayudó a un hombre negro a llegar a la Casa Blanca.
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