14/03/2010

Los rebeldes elegantes dandis

Texto de Sylvia Martí
El dandismo, con su rebelión estilística contra la moda hegemónica, puso los cimientos de la eleganciamasculina moderna. Hoy, el gusto por la individualidad, los detalles exquisitos y el sello personal que los distingue,siguen creando tendencia.

Pierce Brosnan en su papel de agente 007, llevaba un esmoquin de la firma italiana Brioni. Modelo con traje con chaleco y pajarita, de la colección para el otoño-invierno 2010-2011, también de Brioni.

Desde los albores del siglo XXI, cuando se volvió a recuperar públicamente la estética del dandy en un desfile de Ralph Lauren, abundan los ejemplos de una tendencia que nació como rebelión estilística y acabó formando los cimientos de la elegancia masculina  moderna. Brioni y Cerruti, Dior, Armani o Prada son algunas de las marcas de referencia de ese fenómeno.

Ajenos a él, ellos, los auténticos dandis, apenas miran las tendencias de reojo, acostumbrados como están a ir un paso por delante. O a ir a su aire, simplemente. Llevando unos tejanos rotos con unos zapatos ingleses relucientes y quizás hechos a medida; dejando entrever unos calcetines lilas ronpiendo el  negro del traje más formal; sobresaliendo en un mar de esmóquines negros y calcados con un sútil cambio de tono gris marengo o azul noche… Un tímido nunca será un dandy o alguien verdaderamente elegante. Le faltaría personalidad, ganas de destacar, y hasta una cierta sonrisa desdeñosa en los labios ante cualquier atisbo de uniformidad.

El dandy es alguien que decide ser diferente, que se sabe tan bien las normas de la elegancia, la educación y el savoir faire, que se permite el lujo de saltárselas. Son extravagantes, cultos, aman la belleza por encima de casi todas las cosas y son menos superficiales de lo que podrían parecer. Periódicamente, la moda les rinde homenaje en forma de americanas de terciopelo, trajes impecables en tejidos nobles, levitas reinterpretadas, algún sombrero y un cierto aire de romanticismo moderno que queda bien sobre la pasarela y aún mejor en la calle.

En clave de modernidad, se podría decir que hoy el dandy personaliza su atuendo, porque hace suyo y convierte en elegante cualquier estilo. Se inventa nuevas maneras de lucir un pañuelo y da nuevos usos a objetos y prendas. ¿Un ejemplo? Las famosas slippers –esas zapatillas de terciopelo con iniciales o escudos bordados y suela de piel que los aristócratas ingleses usaban para recorrer las amplias estancias de sus mansiones– ascendidas a complemento perfecto de un esmoquin de gala.

Rafael Medina, duque de Feria y siempre en el podio del ranking de los hombres más elegantes de España, las lleva a todas partes, igual que su hermano Luis o el mismísimo Brad Pitt, que se presentó al estreno de Malditos bastardos en el festival de cine de San Sebastián con unas zapatillas con susiniciales bordadas que, hechas a medida, cuestan alrededor de cuatrocientos euros. Una de las reglas no escritas del dandy es no hacer lo que todo el mundo imagina. La otra es que se le conoce por los pequeños detalles capaces de marcar grandes diferencias. Su acusado gusto por la estética y por construir barreras entre él y la vulgaridad (entendida como la extensión de la normalidad) ha reducido a veces su impacto en la sociedad a una mera anécdota. Y la definición se queda corta.

Sergio Rubira, uno de los comisarios de la exposición Sur le dandisme aujourd’hui: del maniquí en el escaparate a la estrella mediática (hasta el 21 de marzo en Centro Galego de Arte Contemporánea, CGAC), cree que el dandismo es la primera aportación a la subcultura urbana. Sus herederos serían los que hoy siguen rebelándose contra las normas a través del estilo, transgrediendo códigos, reivindicando su particular versión del buen gusto. “La exposición ha querido romper con el estereotipo del dandismo como un concepto exclusivamente conservador y aristocrático –explica–.

En el siglo XIX, su papel fue básico para entender la modernidad y para profundizar en la relación vida-arte. Los dandis eran rebeldes a su manera, ejerciendo de abanderados del individualismo, exhibiendo su poco interés por el dinero o siendo totalmente improductivos.”

Ya lo decía el recurrentemente citado Oscar Wilde: “Uno debería o ser una obra de arte o llevar una obra de arte”. En cuestión de elegancia masculina, algunos han sido los nombres que han abierto caminos. George Bryan Brummell, el bello Brummell (1778- 1840), pasa por ser el primer dandy. De transgresor pasó a árbitro de la elegancia, gracias a su amistad con el príncipe de Gales que reinaría como Jorge IV, pero nunca dejó de sorprender.

Se avanzó al minimalismo simplificando el corte de sus trajes y, limitando el uso del color, puso de moda el binomio blanconegro que, exprimido y reinventado hasta la saciedad, sigue infalible a lo largo de los siglos. El dandy es un librepensador, un rebelde educado, armado con una hoy muy valorada seguridad en sí mismo, que quiere sobresalir de la corriente mayoritaria sin necesidad de destruir nada a su paso. Es un insubordinado que rechaza el gregarismo.

“El dandy construye una vía de autoafirmación personal en positivo, sin ir contra nadie –razona Lluís Sans, propietario de Santa Eulalia, una tienda de moda emblemática desde 1843–. No ambiciona cambiar el mundo, sólo dejar atrás lo que no le gusta del mundo.” ¿Se puede aprender a ser elegante? Sans opina que sí, pero con matices. “El dinero por sí solo no basta, hay que tener un cierto refinamiento innato, y luego interés y ganas por conseguir la excelencia.

El periodista y escritor estadounidense Tom Wolfe es todo un ejemplo de dandismo. Robert Redford,en su papel de
El Gran Gatsby
El aprendiz de dandy haría bien invirtiendo en clásicos como los trajes sastre, los abrigos de doble botonadura, una buena gabardina y zapatos de cordones. Con el tiempo, ya sabrá combinarlos con su propio estilo y la pizca de excentricidad necesaria para que su indumentaria se convierta en objeto de interés y curiosidad. Puede llevar lo que quiera y hasta mezclar el tartán escocés con algún estampado floral, siempre que lo haga con aplomo, convencido de que, si él lo luce, estará bien.

“Un dandy siempre da una vuelta de tuerca más a la elegancia con un toque personal –apunta Sans–, ya sea con un jersey, con una camisa con gemelos o llevando determinados zapatos sin calcetines. Lo que es seguro es que no seguirá sin más las tendencias ni se ajustará a los cánones dominantes de la moda.” Atreverse a expresar la propia personalidad, discordante con la mayoría, a través de la indumentaria requiere valor y audacia.

El ser y mostrarse como uno es, sin miedo y con buen gusto, es el súmmum del lujo. Y si encima se divierte vistiéndose –un acto no tan frívolo como parece, porque es algo que todo el mundo hace todos los días–, se podría concluir que los dandis son afortunados. Si alguien cede a la tentación de pensar que se disfrazan, habría que responderle que rotundamente no.

Tras su esteticismo hay un trasfondo que no es teatro. Las opiniones y las ideas de los dandis se alejan tanto de los estereotipos como su forma de vestir. Tienen una manera distinta de pensar, de comportarse, de relacionarse con la vida y con los demás. “Un dandy ha de ser auténtico –apunta Lluís Sans–, porque si la personalidad que refleja con su ropa es un fraude, entonces sí se podría hablar de disfraz.” A Sans le apasiona el tema. No podía ser menos. Cita con más facilidad a su dandy favorito –Lord Byron– que a algún ejemplo actual.

Después de pensarlo, se refiere diseñador Paul Smith y al cantante David Bowie –ambos británicos– como representantes de esa corriente. Cree que hablar de dandismo hoy tiene sentido, “porque hay dandis que llevan vaqueros y zapatillas deportivas”, aunque reconoce que se ha perdido un poco su esencia ahora que la elegancia y las reglas del vestir son tan laxas que saltárselas está al alcance de cualquiera. La elegancia del 2010 es más poliédrica y plural que la que pueden personificar los dandis. Más democrática, sin duda, pero mantiene intacto el deseo de destacar, de expresar el propio aprecio a lo bello.

Es elegante Roger Federer cuando sale impoluto a la pista de hierba de Wimbledon con un blazer blanco de Ralph Lauren hecho a medida y bordado en dorado; tanto como el legendario tenista René Lacoste, quizá el primero en demostrar que se podía ser elegante y sudar al mismo tiempo. Más arriesgado es Pep Guardiola, el entrenador del FC Barcelona. Pasar nervios en el banquillo o ante la prensa vestido de Dior, Prada, Armani, Dsquared2 o con los diseños de su amigo Toni Miró no es fácil. A Guardiola, tan estilizado ahora como en su época de jugador, le queda bien todo: los pantalones pitillo, la corbata estrecha, el cinturón adecuado...

También MODA DANDIS, LOS REBELDES ELEGANTES se atreve con todo, subió a la pasarela para desfilar como modelo de Miró hace unos años y ahora impacta con jerséis de estampados poco convencionales y con su buen uso de colores arriesgados, como el malva. El cine, con sus celebridades y sus alfombras rojas, ha sido siempre un buen barómetro para percibir por dónde iban los tiros en cuestión de elegancias, modos y modas. Fred Astaire, Clark Gable, Gary Grant, David Niven… La lista de elegantes capaces de serlo sin el consejo, hoy casi imprescindible, del estilista quizás sería más larga antes que ahora, cuando el arte del vestir está más mediatizado que nunca.

Las marcas más reconocidas compiten por vestirlos dentro y fuera de sus campañas publicitarias. Son el mejor escaparate. Algunas películas, como las de James Bond, con protagonista guapo, musculado y ciertamente bien vestido, son de las que permiten lucirse.

Pep Guardiola, entrenador del  FC Barcelona, un elegante del deporte.  El músico Bryan Ferry.
El traje ha de estar en su sitio aunque se esté usando la licencia para matar, y el esmoquin impecable facilita la integración en ambientes selectos donde lo que se tercia es sostener con temple el martini. Curiosamente, ha sido una marca italiana, Brioni, la que más se identifica con el muy británico Mr. Bond, aunque el estilo de su actual intérprete, Daniel Craig –como el de la nueva elegancia masculina– sea ahora más reconocible por sus accesorios: las gafas Tom Ford, los relojes y el móvil en primer plano.

Y los políticos, ¿son elegantes? Con lo injusto que es siempre generalizar, se podría decir que tampoco en cuestiones de estilo son dados precisamente a asumir riesgos. Gris, azul marino, la corbata más o menos discreta y la camisa con un tono que favorezca en la televisión.

Si Barack Obama con su tipo de figurín no lo remedia, se seguirá dando más cancha a las primeras damas. Otra cosa son personalidades como Nelson Mandela, capaz de ser elegante con su actitud. Da lo mismo que lleve una vistosa camisa tradicional de su país o un traje de lujo, Mandela es elegante. Siempre ha reconocido que le gusta ser meticuloso en el vestir, que le interesa su aspecto.

Es todo un dandy. Un dandy comprometido con el que muchos soñarían poder hablar. Conversar con un dandy activa el cerebro. Es gente acostumbrada a dar conversación además de dar que hablar. El comensal soñado de cualquier cena, el tipo capaz de elevar el nivel del discurso más fluido, el que siempre tiene una deliciosa anécdota escondida bajo los exquisitos puños de su camisa, adornada con gemelos impactantes.

Cuando diseñaba sus colecciones de culto para Dior Homme, el jovencísimo Hedi Slimane reconocía que la elegancia como concepto moderno era progresista, pero que también tenía su punto arcaico. Él, que fue capaz de convertir en objetos de deseo sus codiciadas americanas para muchos modernos que hasta entonces sólo sabían de colores de vaqueros y marcas de zapatillas deportivas, puso las cosas en su sitio. O sea, del revés.

“Las camisas de vestir y los zapatos más elegantes y formales son mucho más interesantes a las 9 de la mañana”, afirmaba. Palabra de dandy.
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14 de marzo
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