08/03/2009
Una historia muy literaria
Las Forrellad
Texto de Jordi Finestres
La escritora Lluïsa Forrellad ganó el premio Nadal 1953 por Siempre en capilla, pero desapareció del panorama literario durante medio siglo, hasta que en el 2006 publicó su segunda novela, Fuego latente, que se convirtió en un gran éxito. Esta semana, con 81 años cumplidos, aparece su cuarto libro, pero con una particularidad: coincidirá en las librerías con la primera novela de su hermana gemela, Francesca.

Lluïsa y Francesca Forrellad, en el jardín de la casa de esta última, flanquean un cuadro de Francesca pintado por ella misma
El día de Reyes de 1954 las hermanas Forrellad interpretaban en el teatro Tovarich, de Jacques Deval, cuando al final del segundo acto alguien advirtió que Radio Nacional de España anunciaba que Lluïsa Forrellad había ganado el premio Nadal. En el hotel Oriente de la rambla de Barcelona, un jurado presidido por Ignacio Agustí dictaminaba conceder el prestigioso galardón a una joven desconocida de 26 años que había presentado la primera novela de su vida, Siempre en capilla, desbancando a ocho finalistas, entre ellos Juan Goytisolo.
Lluïsa había empezado a escribir la novela en diciembre de 1952 y la entregó, en silencio, en octubre de 1953. Sólo compartió el secreto con su inseparable Francesca, su hermana gemela, que fue quien la animó a presentarse: “¡Ganarás, seguro!”, le dijo con la misma efusividad que lo recuerda más de medio siglo después. En un mundo de hombres, prefirió ser discreta y recordar el éxito de otra mujer, Carmen Laforet, que ganó el primer Nadal por Nada, en 1950.
Entre ambas hermanas existe ahora la misma complicidad de aquellos años cuarenta cuando escribían, casi en la clandestinidad, en un pequeño cuarto de la empresa auxiliar textil que su padre regentaba en la calle Calderón de Sabadell. Ambas eran devanadoras, pero “mientras deshacíamos ovillos, uníamos tramas con personajes que sólo existían en nuestra imaginación”, explica Francesca. Llevaban siempre una libreta en el bolsillo de la bata para apuntar ideas. A la agilidad de su imaginación ayudaron los mágicos sábados, cuando “papá llegaba a casa con un puñado de tebeos bajo el brazo”, recuerda Lluïsa.
Su pasión por la escritura se trasladó al teatro en 1946 cuando dinamizaron la compañía del Cuadro Escénico del Centro Parroquial de la Purísima. “Fue una de las épocas más bonitas de nuestra vida”, recuerda Francesca. Ni sus compañeros de trabajo ni las críticas periodísticas pusieron en duda su capacidad de trabajo por el hecho de ser mujeres. Quizá, reflexionan, porque todo estaba circunscrito al ámbito local. Pero con el Nadal todo fue diferente. Alejada del mundanal ruido de copas de champán del Oriente, Lluïsa corrió hacia su casa, donde aguardaban sus padres, Josep Maria y Josepa, emocionados, atentos a la radio. Sus progenitores nunca pusieron reparo a la pasión por las letras de sus hijas. Las siguientes semanas, Lluïsa tuvo que atender a un sinfín de entrevistas y reportajes gráficos.
Lluïsa había empezado a escribir la novela en diciembre de 1952 y la entregó, en silencio, en octubre de 1953. Sólo compartió el secreto con su inseparable Francesca, su hermana gemela, que fue quien la animó a presentarse: “¡Ganarás, seguro!”, le dijo con la misma efusividad que lo recuerda más de medio siglo después. En un mundo de hombres, prefirió ser discreta y recordar el éxito de otra mujer, Carmen Laforet, que ganó el primer Nadal por Nada, en 1950.
Entre ambas hermanas existe ahora la misma complicidad de aquellos años cuarenta cuando escribían, casi en la clandestinidad, en un pequeño cuarto de la empresa auxiliar textil que su padre regentaba en la calle Calderón de Sabadell. Ambas eran devanadoras, pero “mientras deshacíamos ovillos, uníamos tramas con personajes que sólo existían en nuestra imaginación”, explica Francesca. Llevaban siempre una libreta en el bolsillo de la bata para apuntar ideas. A la agilidad de su imaginación ayudaron los mágicos sábados, cuando “papá llegaba a casa con un puñado de tebeos bajo el brazo”, recuerda Lluïsa.
Su pasión por la escritura se trasladó al teatro en 1946 cuando dinamizaron la compañía del Cuadro Escénico del Centro Parroquial de la Purísima. “Fue una de las épocas más bonitas de nuestra vida”, recuerda Francesca. Ni sus compañeros de trabajo ni las críticas periodísticas pusieron en duda su capacidad de trabajo por el hecho de ser mujeres. Quizá, reflexionan, porque todo estaba circunscrito al ámbito local. Pero con el Nadal todo fue diferente. Alejada del mundanal ruido de copas de champán del Oriente, Lluïsa corrió hacia su casa, donde aguardaban sus padres, Josep Maria y Josepa, emocionados, atentos a la radio. Sus progenitores nunca pusieron reparo a la pasión por las letras de sus hijas. Las siguientes semanas, Lluïsa tuvo que atender a un sinfín de entrevistas y reportajes gráficos.
de: Meli Pérez | 12/03/2009
Leí "Siempre en capilla" hace alrededor de veinte años, cuando tenía esa edad. Disfruté enormemente al leerlo y me gusta revisitarlo cada cierto tiempo. Me animó en momentos de tristeza y es uno de esos libros que me llevaría a una isla desierta. Iré a comprar "Fuego Latente" en cuanto pueda. Deseo larga vida y larga obra a la escritora Forrellad. Gracias por esos buenos momentos.







