14/03/2010
"Me gusta la mujer brava"
Sobre ellas...
Texto de Salvador Llopart
Viggo Mortensen (Nueva York, 1958). Al rey Aragorn, al hidalgo Alatriste, al mafioso de Promesas del Este... Aún en La carretera y ahora a las puertas del Purgatorio, al atractivo actor de las mil caras, estadounidense con barniz argentino, le gustan el cine y la poesía y las mujeres con carácter. A lo Medea.

¿Y cómo es ella? No es ni alta ni baja, ni rubia ni morena. Ni un perfil, ni unos labios ni unas caderas. “Una mujer brava –asegura Viggo Mortensen–. Me gustan las mujeres decididas y valientes. Con las ideas claras, que miran de frente y te hablan de cara. Mujeres honestas; sobre todo, honestas con ellas mismas.” Definitivamente, para Viggo, ella no es un cuerpo, no. Si acaso, un poema.
O era. Porque esa ella que no tiene nombre, y ya quizá nunca lo tendrá; esa ella desconocida tenía que ser el complemento (y el contrario) del actor en la obra Purgatorio que se tendría que estar representando estos días en Madrid.
Pero la enfermedad de la madre del actor, muy seria, le ha obligado, según Wide Pictures, la distribuidora española de La carretera, a suspenderlo todo. Primero, la promoción de este filme tristemente esperanzado sobre el apocalípsis, frío, oscuro y cerrado en sí mismo, por el que tantos parabienes ha cosechado. Y luego tuvo que salir corriendo hacia Nueva York, donde aún sigue.
El estreno de la obra, pues, con la dirección de Josep Maria Mestres, se ha pospuesto no se sabe hasta cuándo. Pero la conversación con Viggo Mortensen sobre la mujer sin nombre tuvo lugar antes, en un encuentro con el actor norteamericano derrochando encanto porteño en su castellano dulce y melodioso. Llegaba con La carretera todavía por estrenar y no ejercía para nada de estrella de cine, lejos de la imagen de aquel Aragorn de El señor de los anillos que tan famoso lo ha hecho.
Más bien ejercía de poeta argentino. En Argentina vivió su infancia y allí, además de al fútbol, se aficionó a los libros, a la poesía, hasta llegar, ahora, a tener una editorial propia –Perceval Press– donde de vez en cuando publica sus propias obras, en inglés y en castellano.
“La poesía –dice– es una manera de ver la vida desde múltiples puntos de vista; una sensación de duplicidad que todavía se agudiza más si lo haces desde dos idiomas, como yo.”
Para Viggo, la poesía es una manera de dejar atrás la realidad para llegar a otra realidad más pura, lejos de esos momentos cotidianos y de las situaciones difíciles que parece que no tienen aparente alivio. La poesía, para él, es una manera de poner el mundo en perspectiva. Algo parecido a lo que ocurre, con el cine, con un filme tan triste como La carretera, que protagoniza, y donde, a pesar de la destrucción, del dolor acumulado, del sinsentido, brilla una luz de esperanza al final del camino, al final de esa carretera sin salida.
¿Y cómo es ella? “Bueno, brava, ya digo. Como Medea, y también algo bruja y decidida. Aunque al final no mata a sus hijos como en la tragedia de Eurípides”, bromea. Medea fue, en cierto sentido, una feminista radical antes del movimiento feminista, cuya leyenda nació hace unos cuatrocientos años antes de Cristo. Efectivamente es la imagen de una mujer de armas tomar que, en la tragedia de Eurípides, mata por el amor de Jasón, el del Vellocino de oro, esa especie de cáliz sagrado de la mitología griega.
Una Medea terrible y sensata a la vez que, entre asesinato y asesinato, es capaz de decir: “De todo lo que tiene vida y pensamiento, nosotras, las mujeres, somos los seres más desgraciados”. O, un poco más tarde: “Una mujer suele estar llena de temor y es cobarde. Pero cuando ve lesionados los derechos de su lecho, no hay otra mente más asesina”. ¡Caray con Medea! “Es una mujer para admirar, sí, pero a distancia”, concluye Viggo Mortensen.°
O era. Porque esa ella que no tiene nombre, y ya quizá nunca lo tendrá; esa ella desconocida tenía que ser el complemento (y el contrario) del actor en la obra Purgatorio que se tendría que estar representando estos días en Madrid.
Pero la enfermedad de la madre del actor, muy seria, le ha obligado, según Wide Pictures, la distribuidora española de La carretera, a suspenderlo todo. Primero, la promoción de este filme tristemente esperanzado sobre el apocalípsis, frío, oscuro y cerrado en sí mismo, por el que tantos parabienes ha cosechado. Y luego tuvo que salir corriendo hacia Nueva York, donde aún sigue.
El estreno de la obra, pues, con la dirección de Josep Maria Mestres, se ha pospuesto no se sabe hasta cuándo. Pero la conversación con Viggo Mortensen sobre la mujer sin nombre tuvo lugar antes, en un encuentro con el actor norteamericano derrochando encanto porteño en su castellano dulce y melodioso. Llegaba con La carretera todavía por estrenar y no ejercía para nada de estrella de cine, lejos de la imagen de aquel Aragorn de El señor de los anillos que tan famoso lo ha hecho.
Más bien ejercía de poeta argentino. En Argentina vivió su infancia y allí, además de al fútbol, se aficionó a los libros, a la poesía, hasta llegar, ahora, a tener una editorial propia –Perceval Press– donde de vez en cuando publica sus propias obras, en inglés y en castellano.
“La poesía –dice– es una manera de ver la vida desde múltiples puntos de vista; una sensación de duplicidad que todavía se agudiza más si lo haces desde dos idiomas, como yo.”
Para Viggo, la poesía es una manera de dejar atrás la realidad para llegar a otra realidad más pura, lejos de esos momentos cotidianos y de las situaciones difíciles que parece que no tienen aparente alivio. La poesía, para él, es una manera de poner el mundo en perspectiva. Algo parecido a lo que ocurre, con el cine, con un filme tan triste como La carretera, que protagoniza, y donde, a pesar de la destrucción, del dolor acumulado, del sinsentido, brilla una luz de esperanza al final del camino, al final de esa carretera sin salida.
¿Y cómo es ella? “Bueno, brava, ya digo. Como Medea, y también algo bruja y decidida. Aunque al final no mata a sus hijos como en la tragedia de Eurípides”, bromea. Medea fue, en cierto sentido, una feminista radical antes del movimiento feminista, cuya leyenda nació hace unos cuatrocientos años antes de Cristo. Efectivamente es la imagen de una mujer de armas tomar que, en la tragedia de Eurípides, mata por el amor de Jasón, el del Vellocino de oro, esa especie de cáliz sagrado de la mitología griega.
Una Medea terrible y sensata a la vez que, entre asesinato y asesinato, es capaz de decir: “De todo lo que tiene vida y pensamiento, nosotras, las mujeres, somos los seres más desgraciados”. O, un poco más tarde: “Una mujer suele estar llena de temor y es cobarde. Pero cuando ve lesionados los derechos de su lecho, no hay otra mente más asesina”. ¡Caray con Medea! “Es una mujer para admirar, sí, pero a distancia”, concluye Viggo Mortensen.°
de: Patricia Barcelona | 17/03/2010
Me gusta que un hombre aprecie unas cualidades así en una mujer, que para mí deberían ser, más o menos, las normales en cualquier persona. Viggo, una buena parte de los hombres no nos quieren así. Las mujeres bravas y decididas damos miedo. Un saludo a las Lilith del planeta.






